Especiales de Obdulio

Temporada de Otoño

La aventura de vivir en el lejano norte me ha traído muchas satisfacciones a nivel personal y profesional. El costo de estar lejos de la familia y los amigos es un precio que se debe pagar cuando se toma la decisión de emigrar para crecer.

Los miedos sobre la adapación se derrumbaron cuando nuestro pequeño hijo se adaptó al idioma y la escuela. En realidad, según la experiencia que he compartido con otros, los niños son los que mejor o más rápido se adaptan y somos los adultos quienes estamos llenos de miedos y preguntas.

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Una vez instalados, la rutina diaria se quiebra con algún paseo en modo turista, y actividades sociales por lo general relacionadas a la escuela pública.

Otra de las ventajas que tenemos es que llegamos junto a una pareja de uruguayos y otra colombiana (que llegaron desde Uruguay), y facilitaron bastante las cosas a la hora de no sentirse solo. Son todos amigos de la casa.

¿A qué viene todo esto?

Hace un tiempo surgió el pedido de mi hijo para jugar al fútbol y allí salimos a la búsqueda de un lugar donde pudiera pelotear como cualquier descendiente de Obdulio que se precie de tal.

La organización de la Liga de nuestra ciudad solicitó entrenadores voluntarios, y ante la necesidad de cubrir vacantes allí levanté mi mano para ofrecerme a entrenar a un grupo de gurises desconocidos y mi hijo.

No me gusta tomarme las cosas a la ligera, y si de niños se trata tengo claro que cualquier cosa que haga influye en sus vidas mucho más de lo que pensamos. Fue así que me tomé el trabajo de estudiar un poco sobre el tema, ver videos de entrenamientos y asistir a una práctica con un entrenador profesional que nos dió una guía para las prácticas.

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Que me gusta el fútbol es obvio, por algo he desarrollado esta web junto a Obdulio, pero estar al frente de un grupo y hacerlos jugar de alguna forma más o menos ordenada era un paso que nunca había dado.

También tuve que agregar el aprendizaje de algunas palabras que nunca había utilizado en inglés y lograr una comunicación fluida. Cosas como “segunda pelota”, “larga, Pablo” o “limitemos al rival” no entran en el repertorio futbolero por aquí.

Para dar un poco de contexto, les cuento que las prácticas se hacen en las instalaciones de las escuelas públicas de la zona y los partidos se juegan en una de ellas.

En total se armaron nueve equipos debido a que nueve nos ofrecimos a trabajar como entrenadores voluntarios, separando 13 jugadores para cada uno. La categoría en cuestión es para los nacidos en 2010 y 2011.

Así que hace un par de semanas me puse la gloriosa celeste y por primera vez me enfrenté a trece gurises ansiosos por iniciar la temporada de otoño (cuando aquí explico que en mi país cuando aquí es otoño allá es primavera he descolocado a más de uno. Me he dado cuenta que nuestro sur queda muy lejos).

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Dentro del grupo hay niños que ya habían jugado al fútbol y otros que tienen noción del juego pero poco o nada sobre las reglas o jugar en equipo. Tratar de mejorar las habilidades físicas, técnicas y colectivas de todos es un desafío que implica trabajar caso a caso.

La procedencia de los players es variada, destacándose una mayoría de hijos de latinos, indios y pakistaníes. En realidad a los niños no les interesa de donde son sus padres ni otros prejuicios, ellos juegan y listo.

Los ejercicios siempre se hacen con pelota y trato de inculcarles tres o cuatro premisas básicas a la hora de jugar: no correr todos atrás de la pelota como un enjambre, tratar de avanzar con pases a ras del piso (que corra más la pelota que el jugador), respaldar a los compañeros en defensa y no distanciarse más de 10 metros uno de otro.

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Otros valores como el respeto a los compañeros, a los rivales y al árbitro se suman a la tarera de contener e integrar a todos, hacerlos sentir parte del grupo y manejar los desniveles tanto físicos, técnicos y emocionales.

Durante la marcha uno se va dando cuenta que algunas cosas que pensó para hacer terminan siendo un objetivo a lograr al final de la temporada y trata de asignarle a cada uno distintas metas a vencer: desde lograr colgar una pelota en el ángulo, pasando por atajar sin dar rebote hasta lograr que alguno hable alto alguna vez y no tengamos que esforzarnos para escucharlo.

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Dirigir un grupo y especialmente de niños requiere éstos y otros cuidados, siempre ante la atenta mirada de algunos padres que pretenden que sus pequeños aprendan algo y se diviertan.

Al menos este es mi punto de vista.

EL PRIMER PARTIDO

La ansiedad por la llegada de la hora del primer juego no fue exclusiva de los niños. Que mi hijo esté en el equipo implica tenerlo haciendo preguntas sobre la alineación, el modo de juego y obviamente su participación.

Las reglas de este tipo de competencia “recreativa”, implica que todos deben jugar más o menos el mismo tiempo y que nadie pueda jugar más del 50% del tiempo en el arco, como si jugar en el arco todo el tiempo fuera un castigo. También se pretende que todos jueguen más o menos la misma cantidad de tiempo, permitiendo todos los cambios necesarios como en el basquetbol.

La modalidad de juego es partido de siete contra siete (golero incluido).

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Antes del partido con el pequeño de la casa.

En el equipo tenemos tres niños dispuestos a ir al arco, de los cuales dos iban a jugar uno en cada tiempo. Del resto de los jugadores, a algunos les pude ver las condiciones para jugar en algunos puestos de la cancha mientras que a otros les iría encontrando su lugar.

Hablarles de un 3-2-1, 2-3-1 o cualquier otro tipo de formaciones es un poco prematuro, asi que traté de simplificar las cosas y armar una línea defensiva de tres jugadores y otra delante de ellos con los otros tres, con la premisa de no separarse más de 10 metros entre ellos atacando y defendiendo lo más juntos posible.

Digamos que el equipo lo basé en el niño que quería sí o sí jugar en el arco, otro muchacho que había demostrado seguir muy bien los movimientos defensivos en las prácticas como defensor central, uno de los más experientes como salida por un lateral y mi hijo como salida por el otro.

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Como eje central ubiqué a otro de los más grandes del equipo y a su lado dos jugadores muy diferentes, uno muy aplicado y que trata de hacer lo que se le pide y por el otro un chiquitito muy rápido que tenía la premisa de cortar siempre en diagonal buscando el pase del atacante central.

Esto que parece muy sencillo de explicar es una explosión de cosas dentro de la mente de los niños, que se comienza a decantar en el esfuerzo de los que mejor juegan y el empeño que los demás le ponen. De esa actitud colectiva depende en realidad el éxito del equipo.

En el banco esperaban su momento otros compañeros. Alguno de ellos eran una verdadera incógnita.

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El calentamiento se hizo con el clásico monito

A nuestro frente teníamos un equipo con características físicas parecidas a excepción de uno que sobresalía por su altura y capacidad atlética.

El inicio del juego nos tuvo como protagonistas. Pudimos atacar ordenadamente y la premisa de no más de 10 metros daba su resultado a la hora de presionar. Un robo de pelota y  un pase rápido en la despareja cancha de pasto dejaba a uno de los nuestros en posición favorable. Su tiro cruzado entró en el ángulo derecho del golero para poner el uno a cero.

Mis recuerdos del baby fútbol en Uruguay eran una mezcla del disfrute del juego y la histeria colectiva de padres gritando al borde de la cancha. Recuerdo que mi viejo se sentaba tranquilo atrás de un arco y no emitía sonido en todo el partido.

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Nuestro equipo dominó durante los primeros diez minutos desperdiciando no menos de cuatro jugadas claras de gol.

El momento de rotar el equipo llegó, así como las primeras lecciones para éste novato de la dirección técnica.

Nuestros rivales aprovecharon la oportunidad de desnivelar, y en una ráfaga de 6 ó 7 minutos se pusieron 3 a 1 arriba.

A nuestro arquero le había dado instrucciones sobre su ubicación y como salir jugando con sus compañeros (siempre para los costados, nunca al medio), pero el griterío de sus padres y su facilidad para dispersarse lo ubicaron en cualquier lugar durante los goles. Lamentablemente sus padres estaban más preocupados en dirigir a su hijo como si tuvieran un joystick para moverlo en lugar de dejarlo tranquilo. La ansiedad de los de afuera afectó a los de adentro.

Luego del 1 a 3 rearmé el equipo con otro par de cambios y algunos de posición. Uno de nuestros jugadores fue golpeado fuertemente al borde del área, provocando su salida entre lágrimas por el golpe recibido.

Mientras lo sacaba le dije que se calmara, que descansara y me avisara cuando estuviera listo para volver. Para animarlo le dije que al volver lo iba a ser tan bien que iba a hacer un gol.

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El tiro libre terminó en gol y nos fuimos al segundo tiempo 2-3.

Al reiniciar las acciones, el golero asignado para la segunda parte se lesiona en el momento de recibir el cuarto gol del rival. Aludiendo un golpe en el pulgar pidió el cambio. Fue momento para mandar a mi hijo al arco.

Para tratar de aplacar las suspicacias de posibles preferencias dispuse que él iba a ser el tercer golero en este partido, pero la oportunidad le llegó en el momento menos pensado. Para mi alegría (aquí me sale un poco el padre baboso), asumió la responsabilidad y cumplió con creces en el arco.

Con el juego a remontar volví a poner al equipo que había iniciado el juego reforzado por otros que se habían destacado en la primera ronda de cambios. Fue ahí que encontramos solidez en defensa, necesaria para respaldar el juego de ataque.

El muchachito que había salido golpeado en el primertiempo tuvo su revancha al robar una pelota en la salida del rival para poner el 3 a 4.

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Nuestro equipo se adueñó otra vez de las acciones y supo resolver con mucha inteligencia los ataques del rival. La premisa era clara: si te presionan o no tenés a quién dársela pegale lo más fuerte posible para arriba (si a Tabárez le funciona hace 13 años, ¿por qué a mi no?).

El rival tuvo su última chance de convertir pero nuestro arquero evitó el gol cerrando bien el arco en el mano a mano. La pelota rebotó y de allí se armó el contragolpe. El delantero centro recibió y con lucidez mandó la pelota a quien había hecho el primer gol. Se escapó por el centro y cuando le salieron a la marca tocó muy bien por izquierda, donde el pequeño puntero tuvo la oportunidad de la tarde.

La pelota entró pegadita al palo izquierdo del golero rival decretando el 4 a 4 con el que terminaría el partido, pese a tener otras chances de marcar el quinto.

El rostro de nuestros jugadores era de alegría luego de haber logrado remontar un partido que pintó feo en algún momento.

Al bajar un poco la intensidad del momento vivido, nos fuimos tranquilos con nuestras cosas rumbo a casa comentando las incidencias del juego con mi esposa e hijo. Nada de toda esta historia que les estoy contando se podría haber dado sin la participación de ambos.

La jornada dejó muchas cosas para trabajar en nuestro próximo entrenamiento, tanto con los niños como con algunos padres.

Los mantendré al tanto de la suerte de nuestro equipo en esta temporada de Otoño, y compartiendo las lecciones aprendidas en esta aventura que continúa por el lejano norte.

Por Pablo D. Martínez.

 

Obdulio no comenta partido de niños,

Obdulio son los Padres

 

Nota del autor: Como me interesa proteger mi privacidad cuido la de los demás y sólo muestro imágenes del partido que no incluyan rostros de niños de manera reconocible. Soy muy celoso de ese tema y trato de no compartir fotos en internet que incluyan a niños sin el consentimiento de sus padres. A algunos les parecerá un poco exagerado, a mi me parece que es un tema de respeto.

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