Especiales de Obdulio

COLOMBES 1924 – Versión completa

Obdulio ha escrito sobre la evolución de nuestro football desde los inicios, repasando especialmente el primer cuarto del Siglo XX más dos series especiales: Uruguay en la Copa del Mundo y Uruguay en la Copa América.

Dentro de los amables seguidores que nos escriben se destacó el contacto de uno, con un mensaje que resumo de esta forma:

“Don Obdulio,

No se mucho de fútbol pero me gusta cuando postea cosas sobre arquitectura y a veces me entretengo con el “unoxuno” de la selección.

Mi abuelo fue testigo de la hazaña de los campeones olímpicos, a los que conoció personalmente. Hace poco vendimos su casa y mientras limpiábamos nos encontramos con unos manuscritos que tal vez le puedan servir para contar sus historias.

Si le interesa le puedo escanear las páginas y enviárselas a un mail para que reciba estos archivos. Le comento que tengo bastante material porque mi abuelo viajó mucho por trabajo y le gustaba documentar todo.

De paso le mando una foto del estadio de Colombes que saqué hace un tiempo cuando estuve de visita.

Le envío un saludo y espero que le interese mi propuesta.”

Obviamente Obdulio recibió gustoso el material e inspirado en la historia de este caballero resolvió cambiar el formato de sus post y contar la hazaña de los Olímpicos en formato “novela”.

Espero que la disfruten y la puedan compartir entre sus contactos.

COLOMBES 1924 

La historia de un uruguayo en los Juegos Olímpicos de París

CAPITULO I – Trato hecho

Finalmente el ansiado viaje había llegado. Tan solo dos semanas en el barco me separaban del destino anhelado desde que terminé la facultad de arquitectura. Conocer Europa se dio de la manera menos pensada, pues no lo iba a hacer por placer, sino por trabajo.

Por aquellos tiempos trabajaba en la construcción del Palacio Salvo. No en la dirección de obra, sino en la adquisición de materiales. Se me había confiado la tarea de la compra del granito para las columnas de la recova del edificio que, según indicaba la normativa, debían formar parte de la serie de columnas que rodeaban a la Plaza Independencia.

Inauguración del Monumento a Artigas en Plaza Independencia. Año 1923

Me despedí de mis padres el domingo en el almuerzo familiar, por eso el lunes me encontraba solo en el puerto esperando la señal para abordar.

Mi oficina quedaba por la calle Piedras así que esa misma mañana pasé a buscar la documentación necesaria y temprano, como acostumbro para todo, me encontraba frente al barco.

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El café y confitería “La Giralda” se encontraba en el sitio elegido para el Palacio Salvo. En 1917 fue ejecutado por primera vez el tango “La Cumparsita”.

Traté de ir liviano de equipaje, pues pensaba comprarme algo “a la moda” en Europa. Además, el cambio de hemisferio me favorecía. La ropa gruesa y voluminosa la iba usar solo para parte del viaje. El resto sería en el final de la primavera boreal. Así que me fui con mi maletín de cuero, el tubo de planos y una valija.

La ciudad de Montevideo quedaba atrás muy rápido, y trataba de recordar esa imagen, pues en no mucho tiempo el paisaje iba a cambiar debido a la presencia del gran edificio proyectado por el arquitecto italiano Mario Palanti.

El viaje me dio tiempo para escribir, hacer algunos bocetos y reflexionar sobre la nueva ciudad y su futuro. Montevideo estaba creciendo y me sentía parte.

El Palacio Salvo en 1924

La primera escala sería en Le Havre desde donde seguiría hasta Hamburgo para encontrarme con el representante de una empresa alemana reconocida por la calidad de sus canteras de granito; de allí me trasladaría a Carrara, Italia, para observar la extracción de los mármoles en la zona de los Alpes de donde se obtiene y volver con otro negocio cerrado a Montevideo. El propio Palanti me había conseguido una visita guiada, así que mi agenda no contaba con mucha flexibilidad.

En el medio me había reservado unos días para conocer París y un par de días para conocer Roma luego de la visita en Carrara.

El viaje interoceánico demoraría 3 semanas, así que la travesía merecía al menos el mismo tiempo en tierra firme. Luego de Roma pensaba conocer Berlín, Bruselas y Amsterdam hasta llegar a Le Havre para mi partida rumbo a Buenos Aires y posterior llegada a Montevideo.

La reunión en Hamburgo fue todo un éxito. Mi conocimiento del alemán se limitaba a escasas palabras (que me permitían saludar, orientarme y pedir comida), pero en la zona portuaria se hablaba el idioma que quisiera, siempre y cuando se vaya con intenciones de hacer buenos negocios.

Antes de partir a París, mandé un telegrama a Montevideo, con la idea de demostrar la efectividad de mi trabajo y olvidarme de él por tres días:

“Hamburgo: Trato hecho. Saludos”

CAPITULO II – París y los Juegos

Al llegar a París, me alojé cerca de la Torre Eiffel.

Había hecho buenas migas con el asistente de Palanti, y este me había recomendado un sitio que era regenteado por un argentino que nos hacía buen precio. Su padre había comprado la propiedad durante la construcción de la torre, pues los precios se habían desplomado en la zona debido al miedo a que tamaña estructura se viniera al suelo.

La Torre Eiffel fue construida para la Exposición Universal de 1889 y terminó siendo el símbolo de la ciudad años más tarde.

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Exposición Universal. París, 1889

Desde mi habitación tenía una vista casi total de la torre y le dediqué un rato a mi primer croquis parisino. A diferencia de mis últimas imágenes de mi querido Montevideo, trataba de imaginarme aquel paisaje sin la potencia vertical de la torre en contraste con la potencia horizontal de los edificios de los grandes bulevares, promovidos por Haussmann a mediados del siglo pasado.

Los Juegos Olímpicos habían empezado a principios de mayo y se extenderían hasta finales de julio. Fue ahí que me di cuenta que tal vez la selección uruguaya de fútbol ya habría participado, porque habían embarcado más o menos un mes antes de mi partida.

Se habían ido de forma tan silenciosa que apenas si algunos fueron a despedirlos. Lo recuerdo muy bien porque esa mañana me encontraba esperando en la aduana un embarque de nuevas herramientas que nos permitirían seguir con la excavación del terreno al ritmo planificado.

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Instalaciones de la Aduana de Montevideo en 1924.

Los peritajes nos indicaron la excavación de unos doce metros hasta el manto rocoso para la cimentación y desde allí comenzar a levantar el edificio, que será el más alto construido en América Latina y el más alto del mundo construido exclusivamente en hormigón armado.

He crecido casi en paralelo al desarrollo del fútbol, viendo los partidos de mi querido Wanderers junto a mi abuelo, siempre detrás del arco de Cayetano Saporiti hasta su retiro en el año veinte. Pero los líos entre los clubes y el cisma en la asociación me tenían alejado de las canchas y las noticias.

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Cayetano Saporiti en acción, jugando para Wanderers.

Con las manos un poco manchadas en grafito me fui escaleras abajo buscando un diario Image result for 1924 olympic newspaper maypara informarme sobre los Juegos Olímpicos y ver si decía algo sobre el fútbol.

Me encontré con una columna sobre los entrenamientos de natación y un destaque especial sobre un muchacho invencible: un tal Johnny Weissmüller.

El calendario adjunto en el diario marcaba que fútbol empezaría el 25 de mayo, justo el día de mi visita a Carrara. El estreno de Uruguay era el 26 contra Yugoeslavia* por la fase preliminar. Me preguntaba que habrían hecho un mes antes por acá. Tal vez jugaron algún partido amistoso para foguearse.

Selecciones como Holanda, Francia, Suecia, Bulgaria o Bélgica, el actual campeón olímpico, estaban clasificadas directamente a la fase final de 16 equipos, mientras que por sorteo se determinaban los cruces entre los otros equipos para completar el cuadro final.

Mientras cerraba el diario lamentaba no haber considerado la participación de nuestro equipo de fútbol en los Juegos Olímpicos dentro de mis planes, pero un grito en el lobbie del hotel cortó mi frustración y cambió el destino de mi viaje:

“¡Pero! ¡¿mirá a quién me vengo a encontrar?!

¡Colega!

¡Amigo!”

Antes de poder responder nada me encontraba abrazado con alguien supuestamente conocido a quien estaba manchando su camisa con mis manos llenas de tinta y grafito.

Con el arquitecto Rodrigo Odriozola compartimos los años de facultad y me abrazaba como si lo hiciera con su propia madre, aunque la frase que logró esbozar apenas se despegó de mi cuerpo me hizo entender sus intenciones mientras revoleaba su sombrero:

“¡Al fin alguien que sabe francés!

¡Vos vas a ayudar a los campeones del mundo!”

CAPÍTULO III – “Donde fueron a parar”

Odriozola era optimista por naturaleza. Ningún proyecto le parecía imposible y siempre terminaba resolviendo los problemas. Se vinculó al Partido Colorado por el sector riverista que lideraba el Canciller Pedro Manini Ríos, otro hincha de Nacional como él, y tenían al fútbol como parte de su vida como dirigentes.

Él no lo sabía pero a mi me interesaban las ideas de Frugoni.

Luego de preguntarme por enésima vez si me simpatizaba más Nacional que Peñarol y responderle que yo era hincha de Wanderers y nada más, me contó que estaba buscando alojamiento para los jugadores.

Image result for villa olimpica 1924En estos Juegos Olímpicos se creó un espacio llamado “Villa Olímpica” para albergar a los atletas de los distintos deportes ubicada en los alrededores del Estadio Olímpico de Colombes; pero según Odriozola, los muchachos se quejaron de la precariedad de las instalaciones y no estaban a gusto.

El vasco seguía moviendo los brazos como un loco, mientras hacía equilibrio con el saco en su brazo izquierdo y tomaba firmemente su sombrero con la mano derecha. Aún no se había percatado que le había arruinado una camisa.

Odriozola había consultado al dueño del hotel donde nos hospedamos casualmente ambos, y éste le recomendó un sitio cercano a la Villa Olímpica llamado “Argenteuil” que era habitado por una señora conocida suya, pero el vasco fiel a su estilo prefirió averiguar en otros sitios previamente.

Pasamos el día viendo lugares que ofrecían cómodas instalaciones, pero la palabra “cómodo” era solo parte de su promoción. El vasco contaba con la financiación necesaria luego de un par de telegramas entre el embajador uruguayo en París y el Canciller.

En paralelo, otro grupo había salido a buscar alojamiento. Uno de los jugadores de la delegación era un colega arquitecto llamado Leónidas Chiappara, futbolista de River Plate que había sido anotado como jugador de reserva, acompañaba a otros dirigentes en la búsqueda de alojamiento. Nos encontramos con ellos en la cercanías de nuestra última parada.

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La Villa Olímpica se encontraba en los alrededores del estadio de Colombes.

Finalmente llegamos a Argenteuil y el panorama cambió notablemente.

El lugar estaba aislado del ruido de la ciudad por un gran parque circundante. Un pequeño castillo construido probablemente a mediados del siglo XIX era la construcción principal en el centro del predio.

Las habitaciones eran grandes, bien ventiladas y con camas cómodas. Contaba con un gran salón comedor que se podía utilizar para toda la delegación y un generoso espacio verde para que los jugadores pudieran entrenar.

La dueña, Madame Pain, era una señora mayor que dejó todo a nuestra disposición a cambio de un dinero que se le pagó sin chistar. Su personal de servicio se iba a encargar de acondicionar todo para la noche.

La señora siguió viviendo en su habitación, mientras el resto sería ocupado por los integrantes de la delegación. La única condición para entrenar en ese lugar era no patear hacia la zona de los rosales que tan celosamente cuidaba.

Satisfechos por la elección nos dirigimos rumbo a la Villa Olímpica con las buenas nuevas.

Odriozola ampliaba detalles sobre los costos, la preparación del viaje y el esfuerzo de los dirigentes para lograr la hazaña de llegar a los Juegos; sin embargo yo iba pensando que tal vez iba a tener la oportunidad de saludar a Nasazzi, jugador del recientemente creado club Bella Vista o a “El Mago” Scarone de Nacional.

Al llegar a la Villa quedé impresionado por su tamaño y precariedad. Se habían construido unas pequeñas casillas que me recordaban a los puestos de control de los ferrocarriles, hechos en madera y con un techo dispuesto a quedarse allí sólo hasta el final de los Juegos Olímpicos.

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El vasco no había exagerado en nada esta vez. Los jugadores no merecían ese alojamiento.

Me presentaron a Ernesto Fígoli, el entrenador, quien nos recibió amablemente. Luego de las explicaciones sobre mi presencia y un par de anécdotas sobre los alojamientos vetados por “los profesionales arquitectos” nos llevó hasta la habitación de Nasazzi.

En ese momento mi mente se fue a la cancha de Wanderers con mi abuelo viendo al gran arquero Cayetano Saporiti. Recuerdo que un día me acerqué a saludarlo y su mano enorme rodeó mi cabeza para despeinarme y regalarme un “hola botija”. Aquella tarde para mi había sido lo más cercano a jugar un partido de fútbol profesional, y ahora estaba casi frente al capitán de la selección uruguaya.

Aquel encuentro con mi ídolo de Wanderers fue en épocas de pantalones cortos y temí que el capitán se me “achicara”, como sucede cuando uno vuelve de grande a la escuela y nota que aquel edificio no era tan imponente como lo recordaba.

Nasazzi era cinco años más joven que yo, tenía 23, pero su corpulencia y postura imponían una presencia tremenda. Para completar el cuadro, al saludarme me dio ese apretón de manos necesario para despejar dudas cerrando su saludo con un breve:

“José Nasazzi. Mayor gusto, bienvenido”.

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La delegación uruguaya en la Villa Olímpica

CAPÍTULO IV – “Viveza criolla”

Ya instalados en Argenteuil el ánimo del equipo creció. Los muchachos extrañaban mucho a sus familias y algunos amagaron más de una vez con volverse, pero la nueva estadía y la cercanía del debut había dejado atrás esas ideas.

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A esa altura me había hecho “amigo” de Chiappara e intercambiábamos historias del proyecto del Salvo con apuntes de lo que me decía sería su primer libro: “La verdad arquitectónica y El Palacio Legislativo…”¨(*). Aún le faltaba el subtítulo.

Mi alojamiento siguió siendo el de siempre, pero la última noche en la Villa Olímpica me encontraba mateando con los jugadores, contando anécdotas de viejos partidos y amores perdidos con alguna moza en el camino.

 
El Palacio Legislativo en plena construcción

El entrenamiento estaba planeado para la tarde cuando el sol no pegaba tan fuerte, así que aproveché el día para recorrer la ciudad y llegar a las 17 para la práctica de 17:30.

Luego de una larga caminata me senté a tomar un café y comencé a esbozar alguna perspectiva. Además del encanto que me había generado París, mi pensamiento estaba también en la seguridad de Mazzalí, el dribbling excesivo de Andrade o la calidad de Scarone. Esos tipos me habían caído muy bien.

A las 17 estaba llegando a la concentración y un par de reporteros, libretita en mano, esperaban por alguien que los atendiera para recoger alguna declaración. El equipo uruguayo era totalmente desconocido y su presencia generaba la curiosidad de ver gente desde tierras tan remotas practicando el fútbol.

Entré al hospedaje y los jugadores estaban calzándose los botines para entrenar. Me acerqué a Fígoli y le comenté que habían periodistas en la puerta que querían hablar con él. Incrédulo, el entrenador me dijo que ese no era asunto suyo y que seguramente mi amigo se estaba encargando del tema.

Me dirigí a un sector en el borde de la cancha improvisada que ofrecía una sombra espectacular con una manzana que había manoteado del salón comedor que quedaba a la pasada. Mirando hacia afuera del predio, el bueno de Odriozola se estaba encargando de los periodistas.

Una vez más el arte del equilibrio del saco y el sombrero lo estaba poniendo en práctica frente a los curiosos. Su francés era menos rudimentario de lo que decía y con los días había ganado en fluidez.

El trote alrededor de la cancha se inició a ritmo suave entre bromas y alguna referencia a la novia de alguno de ellos. El preparador físico era el arquero Andrés Mazalí. Su apellido era de origen francés pero en Uruguay se lo habíamos transformado al “italiano” sacándole el acento a la “i”.

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Me percaté que uno de los jugadores mientras trotaba miraba hacia el lugar donde estaba con mi manzana presenciando el calentamiento.

Enseguida me di cuenta que el destinatario de esas miradas no era mi persona sino algo que estaba detrás. Le di los últimos mordiscos a la manzana y me di vuelta como para tirar el cabo hacia algún lugar detrás de mi, y allí los vi.

Unos muchachos estaban trepados al árbol intentando ver el entrenamiento sin mucho disimulo, claramente con ánimo de recoger alguna información dado que se ocultaban torpemente entre las ramas.

Los jugadores siguieron su rutina, pero noté que las bromas y los chistes habían cambiado de rumbo.

Algo estaban tramando.

Cuando empezaron a hacer los movimientos con pelota, Pedro Petrone fue a patearla y le erró cayendo al piso sentado. El loco Romano se chocó con Andrade y la pelota que querían dominar quedó boyando en el aire, mientras Mazalí intentaba sin éxito atrapar algún centro que Nasazzi le tiraba con poca destreza. En no menos de 50 tiros al arco ninguno pasó cerca.

Algunos de los periodistas lograron ver a lo lejos la escena montada por nuestros jugadores sin percatarse de que se trataba de un truco.

Los muchachos, intuyo yugoeslavos, se fueron a los 10 minutos con un informe detallado de los pobres players a los que se iban a enfrentar.

Después del entrenamiento me despedí del plantel y les prometí llegar para el partido. Esa noche partiría rumbo a Carrara y con suerte llegaría justo para el inicio del match. Roma, el Coliseo, el Panteón de Agripa y el Foro Romano iban a quedar para otro viaje.

Me tomé el tren de las 20:40 para llegar a Carrara cerca del mediodía. Esa visita tan planificada y esperada era ahora un obstáculo a intereses “mayores”.

Venía de tres días muy agitados; las vueltas con Odriozola y las caminatas por la ciudad habían sido intensas. La única escala prevista era en Lyon sobre las 5:00, así que tendría tiempo para dormir.

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Al llegar a Lyon compré el diario y mi sorpresa fue mayúscula: la sección deportiva tenía un breve informe sobre la selección uruguaya.

Más o menos se describía el entrenamiento de los uruguayos de la tarde, rematando con un “venir desde tan lejos para hacer el ridículo. Pobres muchachos, no tienen idea de lo que es el fútbol”.

El plan había funcionado.

CAPÍTULO V – “Como rompe…”

Mis años de facultad fueron en medio de una reforma profunda de la carrera y su línea de pensamiento impulsadas entre otros por el profesor Joseph Carré, que había llegado a Uruguay en 1907 contratado por nuestra casa de estudios.

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La facultad de Arquitectura e Ingeniería desde Juan Lindolfo Cuestas hacia Cerrito

Ingresé en 1918, apenas 3 años después de su separación de la Facultad de Matemáticas y de todo lo que correspondía a la parte de ingeniería. Allí conocí a Julio VIlamajó como profesor adjunto del curso de primer año. Las últimas noticias que recibí de él provenían desde España donde estaba trabajando para una empresa francesa de construcción masiva de viviendas.

Facultad de Ingeniaría y Arquitectura en 1907. Calle Patagones (actual Juan Lindolfo Cuestas) y Cerrito, tomada desde la actual plaza Isabelino Gradín

Es que la reconstrucción de Europa trajo consigo las nuevas ideas que están permitiendo una construcción más eficiente tanto a nivel de viviendas como la planificación urbana.

Aquí en Lyon Tony Garnier proyectó su ciudad industrial a principios de este siglo. Sus ideas escandalizaron un poco a la academia, pues su propuesta de una ciudad sin propiedad privada se daba de frente contra el sistema económico imperante.

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Sin embargo, sus aportes fueron fundamentales para la línea de trabajo tanto para la reconstrucción urbana y edilicia. Propuso zonificación para las principales funciones de la actividad en las ciudades (residencia, esparcimiento, trabajo y transporte) y adoptó el uso del hormigón armado como método simple y rápido para la construcción de las viviendas.

He pasado el resto del viaje viendo aquellas primeras ideas de Garnier materializadas por las distintas ciudades, especialmente a nivel de vivienda donde las casas de formas prismáticas dominan en estilo.

Tengo un muy buen amigo, escritor él, que le llama a esto “cajas de zapatos con agujeros”. Nos ha traído discusiones acaloradas al respecto, porque a mi entender esta es la manera eficaz de resolver un problema grave tras la destrucción de ciudades enteras.

Para la sociedad cooperativa La Cité Moderne, Bourgeois diseñó una ciudad jardín en Sint-Agatha-Berchem (1922-1926), al noroeste de Bruselas

Entiendo el punto de no comprender como en Uruguay éstas ideas empiecen a llegar dado que no estamos reconstruyendo viviendas. Me afilio a pensar que las ideas del Movimiento Moderno adaptadas a nuestro medio podrían ser una buena opción para el crecimiento que debemos proyectar urgente, tanto en la ciudad como en las viviendas.

Jamás le voy a aceptar que son “cajas de zapatos con agujeros” (aunque tal vez en algún punto tenga razón).

El viaje en tren terminó pasado el mediodía donde me debía dirigir hacia la oficina de nuestro proveedor en la Marina di Carrara.

El clima y el paisaje había cambiado notablemente. Los grandes bulevares, los edificios barrocos del centro de París y las catedrales de gran porte habían sido sustituidas por un paisaje “mediterráneo” espectacular pese a que el mar que baña las costas de Carrara sea el de Liguria.

Las construcciones no superan los dos niveles y las iglesias apenas eran los puntos de destaque de una ciudad que descansa en la ladera de los Alpes y su principal fuente de producción: las canteras de mármol.

En la oficina nos recibió Giaccomo Di Tomasso, el encargado de ventas de la empresa. Allí nos íbamos a juntar con otros compradores como yo para dar un paseo por las canteras y hablar de negocios.

Era domingo, pero nada paraba el trabajo en ese sitio. Se prefería subir a la cantera a los clientes ese día porque se podía elegir el material de mejor manera y se corría menos riesgos de accidentes.

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En el camino me ubiqué estratégicamente cerca de Di Tomasso para romper el hielo.

No le sorprendía para nada la presencia de un sudamericano entre sus clientes. De hecho, en Europa los presupuestos no estaban en ese momento para usar mármoles de carrara, y los principales clientes provenían de Sudamérica, México y Estados Unidos.

Las obras de Mario Palanti eran de sus favoritas y estaba interesado en ver como un  edificio parecido al Barolo de Buenos Aires se desarrollaría en Montevideo. Cuando le mostré los bocetos quedó sorprendido por el protagonismo que iba a tomar en la ciudad comparado a su pariente argentino.

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Edificio Barolo, Buenos Aires. Ubicado en Avenida de Mayo a escasas cuadras del Congreso.

También recordaba claramente charlas con Don Francisco Piria, que celosamente elegía el sitio de la cantera donde quería el material para sus obras. Desde allí también se extrajo el mármol para el Palacio Legislativo que se inaugurará el año que viene, proyecto del también italiano Vittorio Meano (el mismo del Congreso argentino), que está ejecutando Gaetano Moretti.

En Carrara, los colores terracota y blanco en las paredes más la presencia de las tejas en los techos combinaban perfectamente con las ventanas de madera, la mayoría carentes de mantenimiento. Cuanto más alejados del centro, la presencia de los jardines frontales predominaba sobre lo construido. El verde de los árboles frutales dotaban de un aroma especial nuestro camino contrastando con el polvo que levantaba nuestro transporte a su paso.

Luego de una hora de viaje entre sinuosos caminos que ascendían en la montaña, llegamos a una zona evidentemente de muestra para los clientes que incluía la casona con las oficinas.

En el ala izquierda de la planta baja estaba la oficina de contabilidad, y una zona posterior por donde pasaban los obreros a cobrar su jornal al final del día. Un área destinada a los ingenieros, geólogos y topógrafos se encontraba en el lado opuesto y tenía conexión interna hacia el nivel superior. Allí habían planos de la montaña y precisas instrucciones de explotación de la cantera.

Luego del tour por las instalaciones nos dirigimos a la planta alta a través de una escalera central que obviamente tenía escalones extraídos de la cantera pero sin tratamiento; la rugosidad e irregularidad de las piedras hacía de aquel ascenso una combinación admirable de observación de belleza material y tratar de no dar un paso en falso.

Encima de la zona de contabilidad había una gran habitación destinada a salas de reuniones que comunicaba con una gran terraza que permitía observar las canteras en todo su esplendor.

La tarde dominguera presentaba el edificio con empleados “de guardia”.

Decenas de personas estaban trabajando duro para que Ud. o yo podamos disfrutar de un descanso en un banco de algún jardín interno en edificios de gran porte, visualizar su belleza como sucederá en nuestro Palacio Legislativo o apoyar una planta encima de esa mesada que fue pensada con otros fines.

Al ver el trabajo que lleva la extracción y obtención de los materiales es cuando uno se da cuenta realmente del valor y el respeto que se les debe tener. La mayoría de la gente ve el resultado final, pero en el caso del edificio que actualmente me ocupa será la obra de miles de personas que trabajaron (digamos estamos trabajando) alrededor del mundo, aunque el crédito se lo lleven los hermanos Salvo (que financian esto) y Palanti.

Luego de refrescarnos y comer algo, bajamos hasta la zona de la cantera para ver los trabajos desde cerca. Palanti había acordado de antemano las condiciones del material y yo tenía que verificar que éstas se cumplieran, así que una vez ubicado el sitio de extracción y confirmadas las características solicitadas volvimos a la oficina para cerrar la compra.

Uno de mis objetivos era lograr bajar el precio del material y esa conversación alargó nuestra estadía en aquella oficina.

El principal obstáculo que complicaba a Di Tomasso para poder hacernos un mejor precio era la logística para llevar el material a Montevideo. Ya habían tenido problemas con la obra del Palacio Legislativo y el Argentino Hotel porque disputas entre los puertos de Montevideo y Buenos Aires siempre conspiraban con el recorrido de los barcos transoceánicos.

Previendo eso, había arreglado en Hamburgo un flete que tuviera el espacio suficiente para el volumen de mármol y granito, prometiéndole a los alemanes más carga garantizada para el barco evitando los huecos que encarecen los costos. Su proveedor de flete marítimo tenía una ruta asegurada con escala en Santos y luego Montevideo sin la necesidad de pasar por Buenos Aires

Con ese recurso logré que Di Tomasso aflojara un 18% sus pretensiones y que a su vez los alemanes también nos hicieran precio. Le debo este recurso al Contador Barragán que trabajaba en la aduana y me explicó una vez como funcionaban estas cosas. Si le sumo tres semanas en barco para pensar la estrategia, seguro que era suficiente para tener un plan sólido.

Misión cumplida.

Salí de aquella oficina como si hubiese ganado el campeonato olímpico, y ahí me percaté que la noche nos estaba ganando espacio y el retorno a París para llegar en hora al partido era una misión casi imposible. Estaba con hambre y la necesidad urgente de una ducha.

Utilicé las instalaciones de la empresa de mármoles en el puerto para asearme y degustar de una cena espectacular junto con otros colegas.

A las 20:20 salía el tren para iniciar mi camino a París y comenzar mis vacaciones.

CAPITULO VI – URUGUAY vs YUGOESLAVIA

Lunes 26 de Mayo – Estadio de Colombes

El domingo 25 las 20:00hs me encontraba frente a la formación que me llevaría hasta Marsella bordeando la costa, de ahí hasta Lyon y si todo salía bien estaría en el estadio de Colombes antes de las 16:00hs para ver el partido el lunes.

El viaje fue agotador pero por suerte las escalas funcionaron perfectamente. El deterioro aún presente en algunas de las vías férreas había enlentecido el paso en tramos que cuando viajé en sentido contrario no lo noté porque dormía profundamente.

El estadio de Colombes tenía una capacidad para 45.000 espectadores y supuse que mi esfuerzo había sido en vano pues al llegar no encontraría ubicación. Aún con mi maleta de mano, el protafolio y el tubo de planos, llegué al predio olímpico en un clima de absoluta tranquilidad.

Tal vez me había excedido en mis precauciones, pero estaba seguro que el partido empezaría en 10 minutos. Allí no había nadie.

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Quise repetir mi costumbre y ubicarme detrás del arco de Mazzali, pero seguramente la pista de atletismo que rodeaba la cancha me dejaría demasiado lejos para ver el partido, así que preferí cambiar y me fui a la tribuna principal.

Al ingresar al estadio, podría decir a ojo de buen cubero que en Colombes habíamos unas 3.000 personas. No muy lejos pude ver a Odriozola junto a otros dirigentes así que me arrimé a los presentes y me dispuse a ver el partido con ellos.

Le pregunté al vasco si estaba nervioso y su respuesta fue contundente: “voy por el décimo cigarrillo desde que llegamos”.

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En la cena que compartí con ellos en la Villa Olímpica los jugadores me comentaron que se comprometieron a no ser eliminados en el primer partido. En realidad, el equipo había logrado 9 triunfos al hilo en una gira previa por España y tenían muy claro su potencial. Habían logrado captar la atención de miles de personas que llenaron estadios para verlos.

A París esas noticias nunca llegaron.

Para poner un poco de contexto, el Comité Olímpico Internacional junto a la FIFA decidieron que el fútbol se disputara en el sistema de “Copa”, es decir, partidos de eliminación directa hasta llegar a la final. El que pierde queda eliminado.

Odriozola había venido con los jugadores el día anterior donde los equipos se presentaron en la inauguración del fútbol. Se quedaron a ver el partido en el que Italia eliminó a España por 1 a 0 y notaron claramente que el nivel de los nuestros era superior.

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Me comentó que el estadio se había llenado y le sorprendía que nadie se haya interesado para ver el partido de hoy.

Nuestra ubicación era cercana a la cancha y se podía notar los gestos de molestia de nuestros jugadores. Héctor Scarone miró a Nasazzi y señalando a la bandera izada en uno de los mástiles destinados a los países competidores le dijo “ya van a aprender como se pone la bandera”.

Los franceses la habían izado con el sol para abajo.

Para completar el panorama adverso, el Himno Nacional fue sustituido por una música brasileña que nos irritó tanto como a los jugadores. Nasazzi ya no sabía como contener a sus compañeros que empezaron a moverse como para jugar sin respetar “el himno”.

Uruguay presentó en la cancha al golero Andrés Mazalí; Nasazzi y Tomassina eran los backs, mientras que la línea media la componían Andrade, Vidal y Ghierra; los wings eran Santos Urdinarán y Angel Romano, mientras que el ataque lo completaban Héctor Scarone, Pedro Petrone y el vasco Cea.

La selección yugoeslava era muy bien considerada por la crítica y salía a la cancha como favorita. Nosotros teníamos muy claro que eso no era real.

Los 11 rivales fueron Dragutin Vrđuka; Stjepan Vrbančić y Eugen Dasović; Mare Marjanović, Janko Rodin y Rudolf Rupec; Dragutin Babić, Dušan Petković, Emil Perška, Vladimir Vinek y Eugen Placeriano.

Yugoeslavia fue el encargado del puntapié inicial, y les aseguro que fue el momento en que tuvieron más tiempo la pelota.

Los nuestros se fueron con todo arriba y no dejaron pensar un instante al rival.

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La pelota pasaba de un jugador a otro con toques cortos entre los defensores burlando la marca rival. Cuando la pelota llegaba a los pies de Andrade el moreno se hacía un festín. Marjanovic debe haber tenido pesadillas con él.

No habían pasado 10 minutos que ya le había jopeado la pelota y de los 3 caños que le tiró, dos pasaron limpito entre las piernas.

Los “yugos”, como les llamaban en la concentración, se miraban incrédulos en la cancha y señalaban constantemente a diferentes jugadores para marcar. Desbordados, intentaron tirar alguna patada para frenar a los nuestros pero ni siquiera los podían encontrar para tal fin.

Los nervios y algunas imprecisiones en los pases de los uruguayos pasaban desapercibidos ante una superioridad incuestionable.

Ese juego de toques y casi divertimento duró más o menos 15 minutos hasta que se decidieron a atacar al arco rival con seriedad. Los yugoeslavos recién empezaban a padecer el partido

Uruguay estaba jugando con viento en contra, pero sabido es que se contrarresta tratando de tocar a ras del piso. A los 20, una jugada que involucró a toda la delantera terminó con el centro de Urdinarán que sobrepasó la entrada de Petrone y Cea. El viento le había hecho un favor a Vidal que entraba por la medialuna y le pegó fuerte, de primera, para dejar inmóvil al golero rival y poner el primer gol uruguayo.

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El festejo fue tremendo. Nos fundimos en un abrazo los presentes entre el murmullo del público que incrédulo comenzaba a ceder ante el encanto celeste.

No habíamos terminado de acomodarnos en el asiento que El Mago Scarone aumentaba el tanteador a los 23, y para liquidar las cosas Petrone hizo el tercero a los 35. De no mediar la actuación del arquero el resultado pudo haber sido más abultado.

El público presente había caído rendido a los pies del combinado antes de terminar el primer tiempo.

La gente aplaudía con fervor y festejaba cada jugada de Uruguay maravillada por la riqueza técnica y táctica de sus jugadores.

El segundo tiempo fue demoledor. Los europeos lucían totalmente vencidos mentalmente y su postura en la cancha reflejaba la impotencia de no poder siquiera emparejar un rato el juego. En 15 minutos Cea, Romano y Petrone abultaron el tanteador a 6 a 0. Mazzali no participó en todo el partido y por momentos se lo podía ver recostado en uno de los palos del arco.

El vasco Cea completó el espectáculo a los 80 minutos con el séptimo y aleccionador gol que cerraría el partido.

Los “pobres muchachos” habían presentado sus credenciales.

Uruguay 7 – Yugoeslavia 0.

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Terminado el partido, nos fuimos con la delegación rumbo a Argenteuil. La alegría del plantel era enorme y no faltó el espacio para el festejo.

Estaba bastante cansado del viaje y me quedé hasta que la euforia generada por el triunfo empezó a bajar. Odriozola prometió traer la carne para la mañana siguiente y hacer un buen asado para reponer energías.

Sin mucho pudor prometí llegar para prender el fuego recibiendo la negativa instantánea de Petrone, que como si le estuviera robando el puesto me espetó:

“¡De eso me encargo yo, arquitecto!… Ud venga tranquilo con algo para que la garganta del asador no se seque!”.

CAPITULO VII – Quemando la vaca

Había solicitado en la recepción del hotel que me despertaran a las 7.30.

La luz del sol parecía iluminar bastante mi cuarto y de fondo escuchaba golpes que provenían desde algún lugar; golpes desde las profundidades del sitio donde me ubicaba, pero no reaccionaba.

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Escuché pasos y el sonido inequívoco de un manojo de llaves. La habitación lucía en tonos ocres sobre las paredes empapeladas con un gusto cuestionable, pero mi voluntad era apenas suficiente como para comenzar a comprender que estaba en el hotel de París.

Mi cuerpo estaba vencido luego de pasar más de 36 horas arriba de los trenes y por momentos parecía que me seguía moviendo a su ritmo de un lado al otro.

Una silueta se acercó hacia mi, y con tono de preocupación intentó cachetearme, pero el caballero del manojo de llaves le agarró el brazo y prefirió preguntarme si me encontraba bien.

Es que estuvieron más de 20 minutos tratando de encontrar una respuesta de mi parte, y asustados prefirieron abrir y confirmar que todo estaba en orden.

La sombra de mi barba reflejaba claramente los tres días de descuido, así que decidí afeitarme y pegarme esa ducha necesaria para terminar de despertarme. Traté de bañarme rápido porque al gerente, francés él, le preocupaba un poco el excesivo uso de agua que hacía (un baño al día le parecía mucho).

Ya en el lobbie del hotel me fui derecho a la sección deportiva de los diarios disponibles. Mis manos quedaron negras de tanto pasar hojas y leer cada comentario sobre el partido.

Ni el más fanático del sport uruguayo podría haber escrito líneas tan elogiosas sobre nuestro team. Es que los franceses se encantaron con el estilo de los nuestros.

Los yugoeslavos tienen cierta ciencia para jugar, pero son infinitamente más lentos que los uruguayos. Se debe a su golero, un jugador de categoría, que no hayan tomado una goleada aún más humillante. Los uruguayos son un equipo superior, con una ciencia comparable a la de los profesionales ingleses, lo que los hace innegablemente favoritos a ganar el torneo olímpico.

Llegando a Argenteuil me detuve a comprar unas bebidas para los muchachos, especialmente complaciendo el pedido del asador que ayer había sido uno de los scorers.

El “castillo” quedaba relativamente lejos de la calle, pero desde allí podía divisar una columna de humo imponente.

Logré ver una estaca con la correspondiente parrilla y un novillo asándose al mejor estilo uruguayo. Algunos amigos dicen que son “orientales”, sin embargo yo prefiero un poco más la uruguayez sin negar las raíces.

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En el portón se arrimaron más periodistas que la vez pasada. Los muchachos ahora eran noticia y cualquier cosa servía para contar una historia.

Odriozola había conseguido una res entera y la llevó al alojamiento con la ayuda de otros muchachos de la delegación. La leña abundaba en los depósitos de la casa y la parrilla era parte del equipaje de la delegación.

Petrone fue el encargado de prender y custodiar el fuego pese a que todos querían meter mano; como buen asador cuidaba celosamente que todo saliera según su costumbre. Las brasas, además de servir para asar la carne también se aprovechaban para mantener el agua de las calderas, siempre prontas para el mate.

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“Ud. está en un asado con los futuros campeones olímpicos”, me dijo uno de los dirigentes. Sin embargo Nasazzi y Scarone eran más cautos.

“El Mago” decía que se les había ido la mano contra los yugos y que para el próximo partido contra Estados Unidos debían regular fuerzas. Los descansos entre los partidos eran cortos y debían liquidar rápido para luego cuidar el físico.

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Sobre las 16.30hs me despedí de los presentes agradeciendo la invitación. Le prometí a Petrone que le iba a regalar una botella más cara si el jueves hacía 2 goles contra Estados Unidos.

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Con las risas de fondo y un clima espectacular emprendí mi regreso al centro de París caminando; la mejor forma para conocer una ciudad.

El Arco del Triunfo fue el destino elegido para terminar una tarde con recuerdos para contarle a mis nietos.

La escala de estas estructuras sobre el resto de las construcciones de la ciudad simbolizaban ese poder que representan. Esta obra que demoró 30 años en construirse (1806-1836) cuenta con una altura aproximada de 50 metros, la mitad de lo que será el futuro edificio de los hermanos Salvo.

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Napoleón no andaba con medias tintas para demostrar sus logros.

De camino al hotel decidí cenar en un pequeño bar al que había visto en otra recorrida y que ofrecía un menú muy tentador por pocos pesos.

La noche estaba fresca así que pedí la sopa del día y pasta como plato principal. El mozo me recomendó para el postre la creme brulee de la casa, así que no dudé en pedirla además de la copa de vino.

Al final de mi solitaria velada me pedí un café y el diario de la noche.

La selección uruguaya no me sorprendía dentro de la cancha porque tengo claro como es el estilo del fútbol uruguayo, pero la prensa francesa se esmeraba todos los días con algo nuevo. El diario de la noche tituló:

“Los uruguayos festejaron el triunfo ante Yugoeslavia quemando una vaca”

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CAPÍTULO VIII – EL PATIO DE LOS JAZMINES

Las sensaciones que traemos desde la infancia pasan por nuestros sentidos y se instalan allí para aparecer en el momento justo en forma de sonidos, aromas, sabores o alguna otra cosa que nos lleva sin escalas a los años donde la familia estaba completa.

Mi abuelo Mario era un gallego que había llegado a Uruguay como tantos otros en busca de nuevos horizontes. Empezó a trabajar en el puerto como estibador, pero rápidamente se pasó al rubro de la construcción donde trabajó hasta que el físico se lo permitió.

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Mis padres iban los fines de semana a su casa y él siempre estaba sentado al final de ese gran ambiente cubierto por una claraboya enfrentado a la puerta de entrada posterior al zaguán y el pasillo que llevaba a las habitaciones laterales que daban a la calle..

Cuando mi abuela abría una de las dos puertas de la entrada su figura se podía adivinar a través de las finas cortinas de la puerta cancel y podía ver como lentamente se incorporaba al saber que las visitas eran de su agrado.

Allí me esperaba de pie para estrujarme de un abrazo y la promesa de salir temprano para ir a ver a los bohemios cuando jugaban de local o en alguna cancha cercana.

Cuando el clima primaveral comenzaba a estabilizarse los almuerzos se hacían en el fondo de la casa sin importar el menú que no variaba mucho entre pasta y carne asada.

A finales de noviembre cuando se acercaba el verano los árboles de jazmín comenzaban a florecer y el aroma superaba cualquiera de las delicias que se ponían sobre la mesa.

Era el olor de las fiestas de la familia, del año nuevo y de las vacaciones. Los jazmines perfumaron los recuerdos más bonitos de mi infancia cuando la familia que conocí estaba completa y mi única responsabilidad era no faltar a la escuela.

Luego de almorzar temprano salí caminando rumbo al Stade Bergeyre, uno de los cuatro estadios donde se disputaba el fútbol que quedaba al este de mi ubicación, algo más cerca que Colombes que quedaba hacia el noroeste cruzando el Senna dos veces (es un río muy sinuoso).

Decidí hacer el camino largo para conocer más. Tenía que estar atento porque a diferencia de los grandes bulevares, con sus rectas kilométricas interrumpidas por construcciones monumentales, las calles secundarias denunciaban la anarquía de una ciudad que fue creciendo en círculos concéntricos en una trama de calles con sentidos caprichosos ideales para perderse con facilidad.

Lejos de las grandes avenidas algunas casas se permiten el lujo de un jardín frontal dotado en muchos casos con árboles frutales y otras especies de las que no tengo mucha idea de cuales se tratan.

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Salvo raras excepciones, para mi son todos “árboles”, “flores”, “plantas” y “arbustos”. Puedo diferenciar la calidad de un ladrillo y hasta la zona del horno de donde fue obtenido, pero si de vegetales se trata mi conocimiento es limitado.

El cambio de hemisferio me trajo temprano la primavera y para finales de mayo el sol empezó a pegar con un poco más de intensidad. A unos 25 metros de mi ubicación el murete que limitaba una casa con la calle recibía la sombra refrescante de un árbol, ideal para mi primer descanso en el trayecto.

Saqué de mi bolsa de papel una manzana y empecé a frotarla contra la solapa de mi saco y me dispuse a contemplar el paisaje urbano de aquella angosta y empedrada calle parisina.

Pero mis planes de observación habían cambiado de sentido. Cerré los ojos y el aroma una de las pocas flores que logro reconocer me llevó a casa.

Me quedé allí más allá del tiempo que me llevó terminar la manzana, atrapado por la nostalgia y los recuerdos mezclados entre la lejanía del país y el saber que son situaciones que no podré volver a vivir porque varios de aquellos seres queridos ya no están entre nosotros.

Muchos me recomiendan “dejarlos ir” para seguir adelante. Yo prefiero tenerlos presentes acompañándome en el camino y aprovechar estos momentos para materializar un reencuentro a través de alguno de mis sentidos.

Seguí mi camino rumbo al estadio luego de mi desvío por la querida Montevideo.

CAPÍTULO IX: URUGUAY – ESTADOS UNIDOS

Jueves 29 de Mayo – Stade Bergeyre

El equipo de Estados Unidos estaba compuesto por jugadores norteamericanos reforzados con algunos ingleses e irlandeses que a cambio de unos pesos no tenían problemas en representar a esta potencia deportiva.

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El estilo de este equipo era muy agresivo, rozando con lo grosero al momento de marcar, y muy expeditivo en el ataque utilizando la corpulencia de su “centroforward” al que le encanta ir a pecharse con los arqueros y aprovechar cuando éstos la pierden para hacer el gol.

Tras el partido con los yugoeslavos el favoritismo de los nuestros había llenado de responsabilidad al plantel. Luego del gran asado que tuve el gusto de ser invitado los jugadores tomaron un breve descanso y a la noche se fueron a Montmartre donde estaba tocando la orquesta de Eduardo Arola.

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Los uruguayos de paseo por París

La farra fue completa porque el tango estaba en plena conquista de París y muchos de los nuestros eran duchos para el 2×4. Entre “Derecho viejo” y “Rintintín” los futbolistas uruguayos fueron abordados por los españoles, eliminados en la tarde previa al 7 a 0.

Casi se comen una paliza de los gaitas que no podían creer que los “futuros campeones” anduvieran de garufa. Ellos los habían visto jugar en la gira por España previo a los Juegos y sabían muy bien de su potencial.

Les recomendaron cuidarse y enfocarse en el torneo. Fue allí que cayeron realmente de la responsabilidad adquirida y pactaron portarse bien en pos de la medalla de oro.

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En los días posteriores las muchachas se arrimaban hasta los portones de Argenteuil para poder ver algo de los vigorosos sudamericanos, pero éstos no les daban bolilla enfocando sus energías en los entrenamientos y algunas sesiones de remo por el Senna como me contó Pedro Casella el golero suplente que jugaba en Rampla Jrs.

Las cábalas estaban a la orden del día y junto a Odriozola y el resto de la delegación nos ubicamos en una zona similar a la del primer partido. De hecho, que yo llegara por mi cuenta pasó a ser parte de la rutina así como el saludo y el orden de los saludados. Por suerte no me pidieron que traiga mi maleta y el tubo de planos.

Esta vez el público llegó en mayor número al field, y según el diario del día posterior once mil estuvimos presentes para ver el match.

Estados Unidos había superado la ronda preliminar al vencer a Estonia por 1 a 0.

Se sabía que el rival era fuerte físicamente pero también se tenían claras algunas ingenuidades defensivas que podían ser aprovechadas por nuestros players, duchos en el arte del engaño.

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Andres Mazalí en el partido contra Estados Unidos. El segundo tiempo fue muy tranquilo, parece.

Uruguay salió a la cancha con cambios respecto al partido anterior: entraron Pedro Arispe y José Naya. Tomassina pasó a jugar de volante izquierdo por Ghierra, mientras que Arispe ocupó el lugar de Tomassina en la zaga junto a Nasazzi; Naya ocupó la posición de wing derecho en el lugar de Santos Urdinarán.

Los once uruguayos se pararon en el campo de esta forma:

Mazzalí

Nasazzi              Arispe

Andrade                  Vidal              Tomassina

Scarone                        Cea

Naya                               Petrone                          Romano

Estados Unidos presentó en la cancha a Jimmy Douglas; Irving Davis y Fred O’connor;  Burke Jones, Ray Hornberger y Carl Johnson; William Findlay, Herb Wells, Andy Straden, Henry Farrell y Samuel Dalrymple.

Nuestro equipo nunca se destacó por jugar fuerte. De hecho, tenían una gran habilidad para eludir los golpes que intentaban los contrarios y su juego tenía como premisa evitar el contacto.

Pero los norteamericanos salieron a proponer un partido físico, tratando de achicar a los nuestros con golpes fuertes, como el que le dieron a Vidal en la rodilla que lo dejó un rato rengueando hasta que pisó fuerte la cantidad de veces necesaria para acomodar los huesos y seguir jugando.

Los nuestros no se quedaron atrás y se defendían de las agresiones.

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Nasazzi le aplicó un planchazo en la espalda al agresor de Vidal para que entendiera que no se iban a dejar pasar por arriba así nomás. El norteamericano se levantaba la camiseta mostrando la marca de los tapones de “El Mariscal” al público. A mi entender fue una mera devolución de gentilezas.

Puedo asegurar que los siguientes días Vidal ni se movió debido a la brutal patada.

Luego de los entreveros iniciales llegó el primer gol a los 10 minutos por intermedio de Pedro Petrone. A los 15 Scarone aumentó diferencias y la goleada la cerró Petrone a un minuto del cierre del primer tiempo.

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Los muchachos siempre decían que era un alivio tener a un delantero como Petrone que resolvía en pocos metros aprovechando su potencia en el disparo. El golero estadounidense era valiente al ponerse adelante de “perucho” cada vez que le pegaba al arco.

Los movimientos tácticos de los uruguayos asombraban al público presente y por supuesto a los rivales.

Es que acostumbrados al juego posicional europeo, rígido en movimientos y predecible en su evolución, ver al equipo uruguayo era toda una novedad en cuanto a la rotación de posiciones, la cobertura de espacios libres y la utilización de dribblings y amagues para eludir a los contrarios y sacar ventaja.

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Al terminar el primer tiempo, Petrone me ubicó a lo lejos y con un gesto inequívoco me recordaba la promesa del martes pasado.

Durante el segundo tiempo el rival cerró filas para evitar la misma humillación sufrida por los yugoeslavos, aunque para ser sinceros los delanteros nuestros se cuidaron y no fueron a fondo reservando energías para los próximos partidos.

Aprovecharon para practicar jugadas preparadas de ataque o formas de superar la presión del rival sin la necesidad del pelotazo. Terminó siendo una práctica exigente que sirvió para ajustar cosas en la cancha ante una oposición real.

El partido se fue sin novedades en el score y Uruguay pasaba la ronda de 16 para meterse entre los ocho mejores.

Francia, Italia, Suecia, Suiza, Holanda, Irlanda y Egipto fueron los otros equipos ganadores. Al día siguiente se realizaría el sorteo de los partidos a disputarse entre el 1ero y 2 de Junio.

CAPÍTULO X – URUGUAY – FRANCIA

El sorteo de la ronda de los 8 mejores puso a Francia en el camino de Uruguay.

A los locales no les causó mucha gracia enfrentarse al equipo que había generado la admiración de sus propios hinchas y mucho menos en instancias previas a la posibilidad de entrar en el podio.

La similitud de los colores de las camisetas provocó otro sorteo para designar el cambio de vestimenta de una de las dos escuadras, por lo que debían presentar una opción alternativa.

Francia tenía como alternativa una camiseta de color rojo, pero la selección uruguaya nunca había tenido la necesidad de cambiar la celeste, pues ningún equipo sudamericano presentaba esta dificultad.

La delegación uruguaya había entendido las reglas del juego y como ganarse las simpatías del público con pequeños gestos que sumaban al espectáculo que ofrecían dentro de la cancha, como ingresar al campo con la bandera propia y la del rival de turno saludando al público presente.

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Fue así que decidieron que la camiseta de alternativa de Uruguay sería la de la selección argentina.

La gran colonia de argentinos en París tomó con agrado esta decisión sumándose con fervor al aliento de nuestros players como verdaderos hermanos rioplatenses.

Al final el sorteo lo ganó Uruguay y conservó la camiseta celeste, dejando el rojo para el local.

Domingo 1ero de Junio, Estadio de Colombes

Uruguay volvió al estadio de Colombes pero esta vez con entradas agotadas. Odriozola me había dado la mía el mismo día del sorteo de las camisetas y me pidió que recordara el camino que había hecho la tarde del 7 a 0.

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Le comenté que aquella tarde había llegado directo desde Carrara a la estación del tren y su respuesta fue tajante:

“Nada de caminatas ni croquis. Se toma el tren y respeta el camino, por favor”.

En la estación del tren los nervios me empezaron a ganar, pues no era el único que había decidido ir a ver el partido. La gente se agolpaba sobre los andenes para lograr su lugar en algún vagón que desde estaciones previas llegaban completos.

Tras esperar un rato decidí caminar.

El día del partido inaugural llegué sobre la hora por motivos conocidos, pero para este partido había tomado las previsiones habituales, aunque la caminata me iba a dejar en el estadio muy sobre la hora.

Apuré el paso y según mis cálculos iba a llegar a tiempo para el saludo de rigor y el puntapié inicial. Cuanto más cerca del estadio me encontraba, más gente tenía que evitar a mi paso. Es que el interés por aquel partido había superado todas las expectativas. Las crónicas posteriores indican que más de 10.000 personas quedaron afuera del estadio.

Al llegar a la entrada comenzó a sonar la Marsellesa, y los boleteros detuvieron sus tareas para escuchar respetuosos el himno francés. Parecía que no iba a entrar más a ese estadio y no podría repetir la rutina de la suerte.

Tras el último acorde de la banda militar el boletero cortó mi entrada y me fui al encuentro de mis compatriotas.

El público de pie escuchaba respetuoso las estrofas del Himno Nacional, mientras saco y sombrero en mano perturbaba a los franceses con mi paso a puro empujón. Ya sobre el final logro llegar a mi lugar.

Jadeando, apoyo mi mano sobre el hombro de Odriozola y con el poco aire que me quedaba completé las últimas dos palabras que se debían cantar:

“…sabremos cumplir”.

Los saludos se repitieron otra vez en el orden consabido, y cada uno en sus lugares se dispuso a ver el partido. El vasco comprendió mi demora pero quiso asegurarse de que mi llegada fue la pactada.

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Le dije que la estación cercana al hotel estaba abarrotada, pero que en la previa logré un lugar en la línea 5, tranquilizando a mi colega que repasaba mentalmente cada cábala a cumplir. Supuse que una mentira piadosa no iba a afectar el destino del partido.

Uruguay estaba confiado de su poderío y seguía con el plan de regular fuerzas. Se habían planteado jugar del mismo modo que contra Estados Unidos tratando de resolver el pleito lo más rápido posible.

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Vidal no se recuperó del golpe recibido en el partido previo y cedió su lugar a Alfredo Zibechi en la posición de centrojás. Alfredo Ghierra volvió a volantear por izquierda, saliendo Tomassina.

Andrés Mazali

José Nasazzi       Pedro Arispe

José L. Andrade                   Alfredo Zibechi               Alfredo Ghierra

Héctor Scarone                                    Pedro Cea

José Naya                                 Pedro Petrone                      Angel Romano

Tácticamente Nasazzi era el back que jugaba un poco más retrasado; el centrojás se hundía en defensa y estaba listo para recibir la pelota y lanzar el ataque. Andrade era una salida fantástica por derecha y la magia de Scarone armaba un circuito temible por ese lado de la cancha.

Naya aportaba mucha velocidad y juventud por derecha, mientras que Romano era todo experiencia y talento por izquierda. Pedro Cea aparecía siempre en los momentos más complicados y Petrone era un goleador insaciable con un remate muy potente.

El local alineó a Pierre Chayrigues en el arco; Ernest Gravier y Marcel Domergue; Antoine Parachini, Jean Batmale y Philippe Bonnardel; Jules Dewaquez, Jean Boyer, Paul Nicolas, Edouard Crut y Raymond Dubly.

No había pasado el primer minuto de juego cuando Scarone puso el primer gol del partido; este equipo no precisaba de la ayuda de ninguna superstición.

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Pero a los 12 minutos mi aseveración se puso por un instante en duda.

Andrés Mazalí atajaba usando buzos de lana, y aquella tarde en París fue de las primeras donde pasó más calor debido al ataque rival que logró vencer su arco a los 12 minutos por intermedio de Nicolas.

Los siguientes minutos los padecí. Odriozola había terminado su quinto cigarrillo y ya me había preguntado tres veces si estaba seguro que me había bajado en la misma estación que el partido inaugural. Los diez minutos que separaron el empate francés y el segundo gol uruguayo me hicieron sudar más que mis caminatas por la ciudad.

Scarone lograba su doblete en el partido.

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Nunca lo pude confirmar, pero se dice que los jugadores se habían planteado no golear a Francia, y sabiéndose superiores controlaron el partido con la idea de mantener al rival lejos del arco propio amenazando con un tercer gol que al parecer no querían hacer.

No se si esto es verdad, pero la intensidad del partido había bajado notoriamente.

Hubo tiempo para una nueva consulta cabalera de Odriozola y el único reclamo de la tarde: “No le apostaste nada?, Se va a ir sin hacer goles!”. Me empezaba a cansar un poco todos los detalles que había que tener en cuenta.

El público francés había mostrado su admiración por nuestro equipo y vivaba las jugadas de los celestes tanto como las de su equipo. Era muy extraño, pero no parecíamos visitantes.

Sin embargo, a los 10 minutos del segundo tiempo Andrade le hizo un foul muy duro al wing izquierdo. El público comenzó a silbar y abuchear la entrada del uruguayo. El gesto que le vi al moreno presagiaba cosas complicadas para los franceses.

Tras reponer, Uruguay recuperó la pelota y Andrade la empezó a pedir con insistencia. El negro se había calentado y la tregua diplomática había terminado para él.

Agarró la pelota desde nuestro campo y hamacando su cuerpo empezó a eludir rivales que parecían estacas a su paso. En realidad los rivales ponían todo su empeño para sacarle la pelota pero la habilidad de “la maravilla negra”, era demasiado para ellos.

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Combinó con Scarone que de primera lo puso en carrera con un pase milimétrico. Llegó al fondo de la cancha y le tiró un centro perfecto a Petrone para poner el 3 a 1 a los 13 minutos.

Pero la calentura no se le había pasado y repitió la jugada unas 2 ó 3 veces hasta que otra vez se escapó por derecha, pero esta vez amagando el pase a Scarone y dejando desairado al defensor que se había jugado a cortar el pase. Su centro certero fue conectado otra vez por Petrone de volea para poner el 4 a 1.

“Perucho” sabía donde estábamos ubicados e hizo otra vez el gesto inequívoco de la botella. No había jugado nada con él previo al partido, pero el vasco me aclaró las cosas rápidamente respecto a las cábalas: “no soy el único, mi amigo”.

Francia comenzó a presentar los mismos síntomas que los yugoeslavos en el primer partido. La impotencia ante un rival notoriamente superior los desconectaba por momentos de un juego que sabían que estaba perdido.

Los delanteros uruguayos se contagiaron de Andrade y apretaron el ritmo para conseguir el quinto que llegaría a siete del final por intermedio del loco Angel Romano tras una combinación con Cea y Petrone.

El 5 a 1 final fue apenas una muestra de la superioridad a nivel técnico, físico, táctico y colectivo.

El público aplaudía de pie al team uruguayo que una vez más tuvo que tomarse su tiempo para salir de la cancha saludando a los presentes.

Suecia, Suiza, Holanda y Uruguay se disputarían en primer torneo de fútbol que incluyó selecciones de todos los continentes. La recta final planteó de manera decidida una competencia entre Europa y Sudamérica.

Los dirigentes europeos, algo molestos con este invitado desconocido que ha arrasado con todos a su paso, dividían su favoritismo por sus selecciones. El público simpatizaba por Uruguay.

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En Uruguay las separatas especiales sobre la suerte del combinado en Colombes comenzaron a brotar en todos lados. La fiebre olímpica había cruzado el océano para instalarse de manera definitiva.

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“El invicto team uruguayo” seguía su camino triunfal rumbo a la final.

CAPITULO XI – LA MERVEIVILLE NOIRE

José Leandro Andrade fue uno de los personajes más famosos de aquel plantel y que seguramente tenga las anécdotas más jugosas para contar.

Físicamente era privilegiado: medía algo más de 1.80 metros y poseía una capacidad atlética envidiable. En el campo sus dribblings eran temidos por los defensores que no querían quedar en ridículo ante su habilidad.

Tras el partido con Francia fue abordado por la prensa para responder algunas preguntas. Traductor mediante, Andrade confiaba el secreto de la habilidad de los uruguayos para el fútbol: “nuestra habilidad para el dribbling se debe a que entrenamos intentando atrapar gallinas. Eso nos favorece la cintura y el cambio de velocidad”.

Doy fe de esas declaraciones porque fui el encargado de traducir las palabras a la prensa. Juro que no agregué ni un punto ni una coma a sus dichos que reproducí luego que me hiciera una guiñada imperceptible como cuando jugábamos al truco.

Pensé que no iban a publicar tamaño disparate, pero al día siguiente era parte de las crónicas del partido.

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Una noche Andrade desapareció de Argenteuil y nadie sabía cuando se había ido.

Entrada la noche la preocupación ganó a la delegación y decidieron salir en su búsqueda. Angel Romano, uno de los más veteranos del plantel, tenía una dirección que Andrade le había dado por si lo tenían que ir a buscar.

El loco no sabía una sola palabra de francés, pero se fue hasta esa dirección en compañía de otro jugador por si tenían que cargarlo a la vuelta.

Al llegar se encontró con una casa lujosa, con un amplio jardín de acceso que se coronaba con una pequeña fuente que ordenaba una rotonda a la entrada de la casa.

Romano golpeó la puerta y lo atendió una mujer por demás hermosa. Quedó petrificado ante la muchacha y atinó a decir: “An-an Andrade”.

La puerta se abrió de par en par y la muchacha que abrió la puerta era una de las tantas que allí se encontraban viviendo la buena vida con Andrade, que vestía un batín de seda rojo acompañado de una sonrisa perpetua.

Andrade supo vivir la buena vida en París.

Con una copa de vino en la mano recibió a sus compañeros que se lo llevaron al rato.

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Andrade fue una de las grandes figuras de Uruguay. Su porte físico, su habilidad con la pelota y su color de piel, extraño de ver en un futbolista por Europa, se robó todos los elogios de la prensa, el público y por supuesto las damas.

Por algo fue apodado “La Maravilla Negra”.

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CAPÍTULO XII – URUGUAY – HOLANDA

Viernes 6 de Junio, Estadio de Colombes

Los uruguayos que vivían en París comenzaron a disfrutar verdaderamente de nuestro equipo. Todos los días aparecía gente en los portones de Argenteuil para tratar de ver a los footballers que tan bien nos estaban representando.

A pesar de ser bienvenido no me gustaba ir todos los días pues lo consideraba una molestia. Sin embargo siempre recibía la invitación de los jugadores por intermedio de Odriozola, que se había comportado como un caballero ofreciéndome el pago del hotel por la ayuda prestada días atrás.

Pese a que me hubiese venido muy bien para mi economía, siempre me negué a las amables ofertas de el vasco porque nunca lo hice pensando en recibir un beneficio a cambio. Tal vez eso me dejó las puertas abiertas de Argenteuil sin importar el día o la hora.

Previo al partido con Holanda la mesa del salón comedor estaba tapada de sobres. Cientos de cartas llegaban desde todo el mundo felicitando a los muchachos, que con gran alegría leían y compartían cada uno de los mensajes recibidos. Era una inyección de ánimo notable.

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El equipo holandés le había ganado 2 a 1 a Irlanda en el alargue. A nuestro entender era un equipo inferior incluso al francés, y eso parecía estar instalado en todas las conversaciones. La confianza de los nuestros jugaba riesgosamente al borde de la soberbia.

El haber eliminado al local no cayó muy bien en los organizadores, que tomaron un poco de distancia con la dirigencia uruguaya. Al fin y al cabo el torneo olímpico se estaba disputando en Europa y la idea que un equipo sudamericano llegara y arrasara con todo a su paso no estaba en los planes de nadie.

Fue así que hasta último momento no logramos conseguir las entradas para el lugar de siempre.

El partido era a las 17 horas, así que tuve la posibilidad de almorzar en mi restaurante favorito (y barato), y luego emprender la caminata hacia el estadio, desviandome por el Bosque de Bulogne donde aproveché para dormir una breve siesta a la sombra de un árbol.

Llegué a mi lugar en la tribuna 15 minutos antes de empezar el match, y tras cumplir con los saludos de rigor le pedí a Odriozola un cigarrillo para aplacar la ansiedad. No soy fumador, pero esa tarde estaba bastante nervioso porque no me gustaba la confianza excesiva de los jugadores para el partido.

El vasco parecía un poco distante, silencioso y mientras los jugadores salían a la cancha y recibían el aplauso de las 11.000 personas presentes me dijo seriamente:

“No se tomó el tren. No trate de mentirme. Estuve en el hotel y el concierge me dijo que salió temprano”.

Apenas me dirigió la palabra el resto del partido.

Otra vez los cambios de Uruguay se dieron en las mismas zonas del campo, manteniendo la base inamovible de jugadores. Volvió Pedro Vidal como centrojás saliendo Zibecchi, mientras que Santos Urdinarán aparecía en escena luego de jugar contra Yugoeslavia.

Uruguay se paró en el campo con el habitual 2-3-5:

Mazali
José Nasazzi           Pedro Arispe
José L. Andrade           José Vidal           Alfredo Ghierra
Héctor Scarone                Pedro Cea
Santos Urdinarán                Pedro Petrone                Angel Romano

Holanda alineó a Van der Meulen; Denis y Tetzner; Le Fevre, Van Linge y Hosten; Hurgronje, Groosjohan, Pijl, Visser y De Natris.

El partido no se presentó tan sencillo como los anteriores porque los holandeses dispusieron 8 hombres en las cercanías del área propia. Sin pudor reventaban la pelota lo más lejos posible de su arco ensayando algún contragolpe de sus veloces delanteros.

Los uruguayos habían sido estudiados minuciosamente por la escuadra holandesa que parecía anticiparse a cada jugada de los nuestros; cuando lograban perforar la línea defensiva no concretaban en la red situaciones muy favorables.

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En Montevideo el partido se seguía en distintas zonas a través de reproducciones de los cables que llegaban desde París. La Plaza independencia se llenó de gente para escuchar la transmisión que se hacía desde la azotea del Teatro Solís megáfono en mano.

Me imaginé por un momento a los muchachos de la obra deteniendo sus tareas para seguir las jugadas de partido y las quejas del asesor de Palanti que lo único que le importaba era llegar a aquel manto rocoso y empezar a levantar el edificio.

Llegando a la media hora de juego Holanda sacó un contragolpe peligroso. Groosjohan se llevó la pelota dejando a Arispe por el camino y solo le quedaba Mazali a su frente. Nasazzi le venía comiendo los talones y de a poco le estaba ganando la posición para robarle la pelota. Sin embargo, el holandés tocó para su derecha por donde Pijl venía sólo y aprovechó la salida de Mazali para poner el primer gol del partido con el arco libre.

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El impacto del gol dejó a los nuestros en una posición incómoda y los 15 minutos finales se transformó en un ida y vuelta feroz que protagonizaron los arqueros de ambas escuadras.

Las conversaciones rumbo al vestuario señalaban puntos de la cancha donde no se habían ocupado bien los espacios. Todos se iban demostrando que había cuentas pendientes.

Por mi parte, los nervios me tenían ya en un mano a mano con Odriozola para ver quien fumaba más sumado a un sentimiento de culpa que me había empezado a ganar debido al resultado.

¿Y si perdemos? ¿será mi culpa?

No me animaba a decirle nada al vasco porque a esa altura me había convencido que él tenía motivos válidos para estar enojado conmigo.

En Montevideo la gente esperaba ansiosa por las noticias y los reportes no clarificaban mucho la situación. A diferencia de otros partidos la lluvia de goles se hacía esperar y las dudas empezaron a instalarse.

Para mi sorpresa y la del resto del público nuestro equipo salió antes de lo previsto, con un semblante que me recordaba más al que tenían luego que Andrade fuera silbado por el público en el partido anterior.

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El referee estaba en la cancha y los holandeses se hicieron esperar un poco.

Al ingresar al campo, los uruguayos ya estaban formados en la cancha para empezar el partido y con los brazos cruzados esperaron a sus rivales que entendieron que el segundo tiempo iba a ser largo.

Uruguay salió dispuesto a perforar la defensa holandesa desplegando todos sus recursos pero los europeos era muy buenos cerrando espacios.

A los 17, Scarone trianguló con Andrade y éste se dispuso a desbordar, sin embargo hizo la pausa, amagó sobre el defensa y por primera vez en el partido logró sacárselo de encima. El centrojás holandés fue a marcarlo y dejó el hueco en el medio. Andrade se la dió otra vez a Scarone y éste lo puso a correr a Urdinarán que llegó al fondo de la cancha con la defensa rival desarmada en 3 toques.

El centro del puntero uruguayo sobrepasó la posición de Petrone que había cortado hacia el primer palo, pero por detrás venía el vasco Cea. Le pegó de primera desde el punto penal y puso el empate.

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Los holandeses protestaron offside, pero el árbitro validó el gol.

Al volver al asiento luego del festejo la sensación era de alivio. Odriozola se limitaba a inclinar su mano para ofrecerme otro cigarro pero luego del empate dejé de fumar.

Enseguida, otra vez se repitió la combinación por derecha, pero el centro llegó al segundo palo donde Romano la empujó casi contra la goal line, pero con la mano. El juez anuló correctamente el gol.

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El golero holandés también tenía sus cábalas. Al lado de uno de los palos tenía una especie de conejo o un bicho similar a modo de amuleto. Petrone lo tenía visto y en un corner a nuestro favor se lo pateó. El golero lo fue a buscar y lo puso en su lugar y esta vez Petrone le pegó tan fuerte que lo desarmó todo, provocando la furia del goalkeaper.

Estábamos en los 35 minutos.

El partido se picó y los holandeses no midieron mucho sus fuerzas derribando a uno de los nuestros dentro del área.

¡Penal!

Vidal se dio vuelta y le gritaba a Mazali: “¡la foto Mazali! ¡la foto!”

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Al final del partido me enteré que “la foto” se debía a que el juez del partido le había pedido una foto autografiada a Mazali. Había sido el juez del primer partido y siempre que se lo cruzaba le decía “Mazali, champions”.

Mazali consiguió una foto en el vestuario, la hizo firmar por algunos jugadores y se la dio al juez antes de salir a la cancha para el segundo tiempo. Arispe sabía de este asunto y por eso el festejo en el momento del penal.

Petrone agarró la pelota para patearlo, pero el vasco Cea le sacó la pelota de las manos. Se fue hasta donde estaba Scarone y lo encaró serio:
– ¿lo metés?”
– “lo meto”

El Mago puso el 2 a 1 definitivo.

Uruguay a la final.

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Montevideo pasó a ser un carnaval en las puertas del invierno y el pequeño país sudamericano pasaba a estar en boca de todo el mundo. Los gobernantes aprovechaban el momento para instalar al país en Europa luego del paso de su ejército, los futbolistas.

Petrone se fue llorando de la cancha porque no pudo hacer un gol. Pero como me dijo Cea esa misma noche en la cena de festejo, “estando Héctor en la cancha es imposible que lo patee otro”.

Al terminar el partido nos fundimos en un abrazo con Odriozola y salimos a las risas del estadio rumbo a Argenteuil para preparar la cena de festejos. En medio del camino cambió un instante el tono alegre para despacharse con un cortante:

“Si no viene en tren a la final se vuelve a Uruguay nadando”.

CAPÍTULO XIII – URUGUAY – SUIZA

Martes 9 de Junio, Estadio de Colombes

El partido con Holanda fue una lección para nuestro equipo. La confianza excesiva casi los deja afuera de la final y era un error que no estaban dispuestos a cometer otra vez.

El fin de semana fue de descanso total para los jugadores y cuando llegó la hora de la final la actitud con la que se presentaron demostraba que esa tarde era imposible perder.

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El combinado y Madame Paine en las puertas del castillo de Argenteuil

La selección de Holanda perdió 3 a 1 con Suecia el segundo partido por el tercer puesto. El primer partido lo empataron a 1 el día previo y no se lograron superar tras dos alargues.

Los suecos eran candidatos a jugar la final pero cayeron 2 a 1 con Suiza en semifinales de manera sorpresiva. Nuestros futuros rivales habían ganado todos sus partidos por diferencia mínima salvo el primero donde aplastaron a Lituania por 9 a 0.

El plantel uruguayo siguió con su política de cortesías y el día anterior al match se fueron hasta el arco del triunfo donde se encuentra la tumba del Soldado Desconocido. En el evento, que tuvo gran difusión, los jugadores ofrendaron una corona de rosas preparada especialmente por Madame Pain, la dueña de Argenteuil.

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Nada se dejó librado al azar para lograr simpatías y estrechar lazos entre naciones.

El Estadio de Colombes agotó las 45.000 entradas disponibles y les puedo asegurar que allí había más gente que lo permitido por el aforo.

Me crucé con una cantidad importante de uruguayos que llegaron desde varios puntos de Francia y el resto de Europa para ver el partido final.

Además de los compatriotas, los franceses claramente tenían sus simpatías por nuestro combinado. Una empresa financiera vinculada al Uruguay distribuyó cientos de nuestras banderas para los hinchas franceses el día del partido, así que no solo era cuestión de admiración futbolística, sino que también aceptaban una bandera para demostrarlo.

Al llegar al estadio una vez más la rutina habitual. Inmediatamente saqué mi boleto de tren para asegurarme que Odriozola se quedara tranquilo (el boleto era del día anterior pero lo moví lo suficientemente rápido para que no se pusiera a chequear nada. Yo repetí mi cábala de la siesta en Bulogne).

El match se retrasó unos minutos debido a que el público había invadido la cancha.

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Uruguay se había preparado a conciencia y salió al campo con la misma oncena que le ganó a Holanda en semifinales:

Mazalí
José Nasazzi               Pedro Arispe
José L. Andrade             José Vidal             Alfredo Ghierra
Héctor Scarone                    Pedro Cea
Santos Urdinarán                     Pedro Petrone                  Angel Romano

Los suizos por su parte jugaron con Hans Pulver; Adolfe Reymond y Rudolf Ramseyer; August Oberhauser, Paul Schmiedlin y Aron Pollitz; Karl Ehrebolger, Robert Pache, Walter Dietrich, Max Abegglen y Paul Faessler.

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Apenas iniciado el partido los equipos se estudiaron algunos minutos empantanados en la mitad de la cancha. Era una final y nadie le puede escapar a los nervios del momento.

A los 9 minutos Uruguay empezaba a desenredar el juego por el sector izquierdo. El loco Romano le puso uno de sus pases precisos a Petrone, que tras acomodar la pelota puso el primer gol del partido.

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Para mi sorpresa, la ovación del público fue impresionante. A diferencia de la dirigencia, la gente estaba con el combinado uruguayo.

El partido se transformó en un ida y vuelta de gran ritmo, teniendo a Mazalí como gran protagonista del primer tiempo demostrando su solvencia en el arco. Nuestro arquero tenía la habilidad de salir jugando muy rápido cada vez que tomaba la pelota evitando los empujones de los rivales.

Los suizos jugaron con rudeza al límite del reglamento tumbando a Andrade por algunos minutos y castigando a algún otro con fouls que rozaban lo grosero.

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El primer tiempo se fue con el único gol de Petrone en el placard.

Para la segunda parte la técnica de los uruguayos logró sobrepasar a la fuerza suiza.

Los ataques de los nuestros comenzaron a cimentarse por los laterales, especialmente por el derecho donde Andrade puso una llave a su sector y logró proyectarse. A los 25 minutos Pedro Cea convirtió el segundo gol del partido provocando que Colombes pareciera Montevideo.

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El público volvió a invadir el campo de juego para poder saludar a los ya seguros campeones olímpicos.

El golero rival combinaba grandes movimientos defensivos con algunos que sorprendían por su pasividad (como en un par de goles) y sus compañeros no se rendían tratando de atacar con pelotazos largos, sencillos de resolver para nuestra defensa.  El juego uruguayo era superior desde todo punto de vista.

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Evolución con toques cortos, amagues, caños, fintas y un amplio repertorio de movimientos tácticos fueron demasiado para el equipo suizo que jugó los últimos veinte minutos a evitar ser goleado.

Angel Romano marcó el tercer gol a los 37 minutos de cabeza para la algarabía de los presentes.

Otra vez más me imaginaba la Plaza Independencia llena de gente. El júbilo de un pueblo que festejaba el hecho de ser los mejores jugando al fútbol. El dominio en sudamérica disputado siempre con los argentinos tenía un golpe de efecto tremendo para marcar una diferencia que ahora se extendía a nivel mundial.

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Con el resultado asegurado el final del partido no llegaba más. La pelota derivó contra nuestra derecha al lateral y allí fue Andrade a buscarla.

Cuando el juez terminó el partido el moreno se la dió a Nasazzi que se puso la pelota bajo el brazo, se saco la gorra con la que jugaba y se fue a festejar con sus compañeros.

¡Uruguay campeón!

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Uruguayos, franceses y argentinos nos mezclamos en un festejo interminable. Nadie se movía de su lugar en el estadio.

Los uruguayos saludaron al público que los ovacionaba sin pausa. Los protagonistas del partido dieron una vuelta a la cancha bordeando las tribunas. Adelante los uruguayos y unos pasos más atrás también lo hacían los suizos.

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Nunca había visto esta especie de desfile post partido, pero me resultó interesante que ambas escuadras recibieran el cariño y admiración del público con esta vuelta de honor.

Una pincelada más del nivel de detalle es la formación con la que se hizo este saludo a los hinchas. Al fondo aparecen Fígoli y otros integrantes de la delegación, luego el arquero, los defensores, los volantes y los forwards, tal como se paraban en el campo. Lo mismo hicieron los suizos.

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El momento de la premiación y la bandera enorme allá en lo alto me emocionó como pocas veces me ha sucedido. Los uruguayos eran los campeones del mundial de foot-ball en los Juegos Olímpicos.

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Después del partido la fiesta no tuvo final en Argenteuil. Los uruguayos que no habían logrado pasar los portones durante la competencia estaban ahora junto a los jugadores por los jardines del predio degustando de las delicias que se asaban en las improvisadas parrillas.

Durante tres días corridos festejamos con los campeones, todo a costa de los generosos franceses que se peleaban por pagar una copa por los campeones en cuanto cabaret estuviera disponible.

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El plantel se quedó un mes más en París disfrutando de su fama mientras yo ya estaba de regreso a casa. Me di el lujo de viajar hasta Weimar para conocer la Bauhaus y luego de mi pasaje por Ámsterdam hice un par de escalas más hasta llegar a Le Havre para subirme al barco rumbo a Buenos Aires y finalmente llegar a mi querida ciudad de Montevideo.

CAPÍTULO XIV – EL REGRESO

Mi equipaje apenas se había incrementado en una maleta por las compras planificadas, algún regalito para los viejos y souvenirs para compañeros de trabajo y amigos. El viaje soñado tuvo un giro inesperado que mejoró la experiencia sin dudas.

Me volví con anécdotas que seguro le contaré a mis nietos.

Volver a la rutina habitual no fue difícil pues había mucho por hacer y eso me mantuvo todo el tiempo combinando trabajo de oficina y visitas a los proveedores. De paso aprovechaba cada oportunidad para pasar por el edificio y aprender sobre cimentación con los ingenieros encargados.

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El regreso de los campeones se dio un par de semanas más tarde al mio.

Miles de personas fueron a recibir a los campeones al puerto el 31 de julio, desde el Presidente Serrato hasta el más desconocido de los lustrabotas de Plaza Independencia.

Dado mis nuevos contactos, conseguí ubicarme en la comitiva de recepción junto a otros dirigentes y familiares de los jugadores.

Nos saludamos con Rodrigo “el vasco” Odriozola con un fuerte abrazo. Su esposa estaba esperándolo ansiosa junto a su pequeño hijo así que los dejé tranquilos en su reencuentro.

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El público era demasiado y comencé a sentirme apretado, así que conforme con haber saludado a la mayoría de los campeones me volví para la oficina de la calle Piedras. Mi aventura con los campeones olímpicos había llegado a su final.

Antes de dejar la muchedumbre, una mano se apoyó en mi hombro deteniendo mi paso con firmeza:

– ¡Arquitecto! ¿Usted conoce Ámsterdam?

– Si se le puede decir “conocer” a pasar dos días allí. Sí, conozco.

– ¿Sabía que allí se decidió que se celebren los próximos Juegos Olímpicos?

– No estaba al tanto.

– Durante el regreso empezamos a planificar el viaje. El campeón no puede faltar.

– ¿A Ud le parece que volvamos a ser campeones?

– Siempre y cuando Ud. llegue 10 minutos antes al estadio y me salude primero.

 

FIN

———————————————————————————————————-

LOS CAMPEONES OLÍMPICOS EN PARÍS 1924

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Alfredo Ghierra – 32 años – Defensor.
Alfredo Zibechi – 29 años – Nacional.
Andrés Mazalí –  21 años – Nacional.
Ángel Romano – 30 años – Nacional.
Antonio Urdinarán – 25 años – Nacional
Fermín Uriarte – 22 años – Lito
Héctor Scarone – 26 años – Nacional.
Humberto Tomasina – 25 años – Liverpool
José Leandro Andrade – 22 años – Bella Vista
José Nasazzi – 23 años – Bella Vista
José Naya – 28 años – Liverpool
José Vidal – 27 años – Belgrano
Leónidas Chiappara – River Plate
Pedro Arispe – Rampla Juniors
Pedro Casella – Rampla Juniors
Pedro Cea – 23 años – Lito
Pedro Etchegoyen – 30 años – Liverpool
Pedro Petrone – 19 años – Nacional
Santos Urdinarán – 24 años – Nacional
Zoilo Saldombide – 19 años – Wanderers
ENTRENADOR: Ernesto Fígoli
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EL RESUMEN

26 de Mayo: Uruguay 7 – Yugoslavia 0 – Vidal, Scarone, Petrone (2), Cea (2) y Romano
29 de Mayo: Uruguay 3 – Estados Unidos 0 – Petrone (2) y Scarone
1ero de Junio: Uruguay 5 – Francia 1 – Scarone (2), Petrone (2) y Romano
6 de Junio: Uruguay 2 – Holanda 1 – Cea y Scarone
9 de Junio: Uruguay 3 – Suiza 0 – Petrone, Cea y Romano.
5 Partidos jugados, 5 ganados, 20 goles a favor, 2 en contra
Goleadores: Petrone 7, Scarone 5, Cea 4

Obdulio agradece a todos quienes se tomaron un tiempo para leer esta historia, los comentarios recibidos y a los valientes que llegaron hasta el último capítulo.

Los datos utilizados para relatar los hechos surgieron de diversas fuentes, que incluyen  revistas con entrevistas a los protagonistas, libros de fútbol y el escaso material fílmico de la época que se limita al partido final.

 

Obdulio Olímpico,

Obdulio son los Padres

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